San Sebastián se quita la boina

Escrito por el 14 enero, 2016 § 0 comments

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La entrada principal al antiguo edificio de Tabacalera es monumental, con sus señoriales escaleras de viejo roble elevándote tres plantas. Por unas más estrechas se acaba alcanzando la azotea resguardada de la lluvia por un prisma de cristal y metal, desde donde se obtiene una de las vistas más hermosas de la ciudad. Tras finalizar el recorrido por este “centro internacional de creación y cultura contemporánea” se puede concluir que la intervención arquitectónica para recuperar la vieja fábrica ha tenido grandes aciertos. Sin embargo, ha tenido un importante coste, más de 50 millones de euros, y no se ve muy bien para qué sirven sus generosos 34.000 m2, al menos a primera vista. En algunos espacios se han llegado a colocar hamacas para rellenar; quedan muy ‘cool’, desde luego. Con el mismo propósito, un puesto de lámparas –contemporáneas, eso sí– se le ha llamado “exposición”. En la web cuela, no en vivo y en directo.

Después de la sucesivas crisis que tuvo la toma de forma del proyecto Tabakalera, en el discurso se han afianzado las grandes palabras y abundan los talleres y laboratorios culturales. También se hace “mediación”. Lo que trasluce, no obstante, es una patente sensación de inactividad, la que no dan otros espacios europeos con los que se equipara. Será que aún falta rodaje. Dinero, no: su funcionamiento tiene destinado en 2016 un presupuesto de 4,5 millones de euros. Los gastos corrientes del inmueble y su uso como sede de la fundación Kutxa, el festival de cine y la filmoteca vasca quedan aparte.

Con el programa de San Sebastián como capital europea de la cultura en 2016 pasa un poco lo mismo: se ha concebido como una “ola de energía ciudadana” y está estructurado en tres grandes apartados también muy prometedores, Paz, Vida y Voces. Al entrar en materia, en cambio, cuesta ver el atractivo de muchas de las actividades. La ‘embarcada artivista’ o la instalación ‘Fuentes’, ¿de qué van exactamente? Que la idea de la candidatura surgiera bajo el mandato de un alcalde socialista –Odón Elorza–, que durante el anterior periodo electoral estuviera al frente del consistorio, contra todo pronóstico, un representante de Batasuna conocido por querer independizar el barrio de Igeldo –Juan Karlos Izagirre–, y que ahora le toque el turno a uno del PNV –Eneko Goia–, explica en gran medida que el globo esté tan desinflado. Entre tanto, el extraordinario museo Chillida-Leku sigue cerrado. Otro galimatías de difícil comprensión.

Pero que nadie se asuste. San Sebastián, Donosti, la Bella Easo o como se les ocurra llamarla –también vale Ñoñosti– luce gloriosa. El próximo año y los que vendrán, casi con toda seguridad. A favor tiene que su fuerza siempre ha residido más en la iniciativa privada. Con la recaudación del Gran Casino –lugar de encuentro durante la ‘belle époque’ de Mata Hari, León Trotsky y Maurice Ravel, hoy ayuntamiento–, se construyó el Paseo de la Concha, y fue una agrupación de comerciantes la que impulsó el festival de cine. Tampoco tuvieron que ver las instituciones públicas en su consolidación como meca gastronómica. Y su bellísima estampa es obra de la Naturaleza. Aunque, cuidado, a mediados del siglo XIX se tuvo la visión de cerrar el paso entre el monte Igueldo y la isla de Santa Clara para convertir la bahía en un gran puerto mercante. La elección de la ciudad como destino vacacional por Isabel II y la regente María Cristina la salvó del desastre.

El fin de los atentados de ETA en 2010 también resultó providencial. No hay quien la pare desde entonces. Si ese año el número de personas alojadas en hoteles fue de 471.088, en 2014, de 523.188, con una potente crisis entre medias. Más significativo quizá es que el porcentaje de turistas extranjeros pasara del 37 al 51%, con clara mayoría francesa pero, a su vez, con una representación muy variada de nacionalidades de todo el mundo. Un dato más reciente: el último verano las pernoctaciones en hoteles fueron de 411.000, un 10% más con respecto a la temporada anterior. Fiel reflejo de estos guarismos es que, en pleno agosto, sea cada vez más incómodo darse una vuelta al atardecer por el Paseo de la Concha o alargar la mano para hacerse con un vaso de sidra. Pero es una situación inevitable: la ciudad está en boca de todos. En este último lustro no ha dejado de protagonizar artículos repletos de loas en prestigiosos medios de todo el mundo: ‘The New York Times’, ‘The Guardian’, ‘Travel+Leisure’…

El resultado es que Donosti se ha quitado la boina y tiene una personalidad cada vez más cosmopolita, lo cual se pone de manifiesto por hechos como que la cerveza artesanal que más pega en estos momentos –la sirven desde Arzak hasta las tabernas a pie de calle– es una marca creada por tres norteamericanos y con nombre en inglés: Basqueland Brewery Project, BBP. La empresa la dirige Kevin Patricio, nacido en Baltimore y de origen mitad filipino, mitad alemán. Vino a San Sebastián por amor: en Nueva York conoció a una donostiarra con la que decidió criar a sus hijos al otro lado del Atlántico. Tras ejercer de chef en el restaurante La Madame, donde ha hechos famosos sus platos multiculturales, se ha lanzado a crear una línea de cervezas “a la altura de la cocina vasca”.

Patricio considera el paladar de su ciudad de adopción fuera de lo corriente por la sensibilidad hacia la acidez y el ‘umami’. “La frescura de los pescados y el punto de curación de las carnes también son extraordinarios”, apunta en su esforzado castellano ante una de sus ‘pale ales’ en el Geralds Bar, hermano menor en el barrio de Gros de otro local del mismo nombre situado en Melbourne (Australia). “Creo que a San Sebastián solo le falta mejorar en la preparación de las verduras. Pero tampoco había cultura de buena cerveza y ahora es un lugar de referencia en España”, asegura con una sonrisa este cocinero adicto al ‘running’, que prepara sus maratones corriendo entre el Peine de los Vientos y el Aquarium. Otro privilegio para los que residen aquí.

Con la cultura del vino también está feliz, o al menos con los precios. “Son una cuarta parte más bajos de los que tienes en Nueva York”, advierte. Su gran templo de Baco es el restaurante Rekondo, cuya bodega, con más de 4.500 referencias, está considerada una de las cinco mejores del mundo por la revista de referencia ‘Wine Spectator’. Allí tiene de compinche de descorche a Martín Flea, sumiller formado en Berasategui. Para este argentino, Donosti supuso otra gran sorpresa: “Vine 13 años atrás con la idea de hacer plata e irme. Creía que esto no era más que un pueblo grande. Pero enseguida pude apreciar todo lo que tiene que ofrecer”, confiesa con un acento como de recién salido de su Santa Fe natal. “Lo primero que me cautivó fue que se le diera tanta importancia a la palabra dada; es una rareza en el mundo de hoy. Y hasta la lluvia me acabó gustando: hace que todo esté verde y que la gente se meta en los bares y restaurantes”, dice riendo. Más serio comenta que no le ha chocado la reciente afluencia de turistas foráneos: “El potencial siempre estuvo ahí. Es solo que ETA metía mucho miedo”.

Vinieron en gran medida al olor de sus cocinas, tanto de los bares de ‘pintxos’ como de sus restaurantes con estrellas Michelin. Una tiene Kokotxa, propiedad del chef Dani López, originario del barrio del Antiguo y pura energía positiva. Miembro de la generación siguiente a la de los fundadores de la Nueva Cocina Vasca, ni siquiera le molesta que estos últimos les hagan sombra. “Solo podemos estar agradecidos y es Luis Irizar, el padre de todos nosotros, el que menos reconocimiento ha recibido y tal vez el que más se lo merece”, destaca el cocinero, quien prepara el estreno de un local para cenas privadas, concebido al estilo de las tradicionales sociedades gastronómicas. “A los que vienen de fuera les gusta lo auténtico y no podemos desaprovechar el momento en el que estamos. El pasado verano había noches en las que no se oía el castellano en el comedor”. Su miedo es que a Lo Viejo –el casco antiguo– le pase como a Las Ramblas de Barcelona y termine por convertirse en un parque temático para turistas. “Solo hay que ver lo que ha ocurrido en La Boqueria. Ya casi ni se puede llamar mercado. A nosotros nos pusieron un McDonald’s en el de La Bretxa. Estas cosas me ponen enfermo”, clama López.

Porque el gran peligro que vive hoy la ciudad no es tanto la suerte del programa de la capitalidad cultural como que esta muera de éxito, quedándose en mera fachada. Así lo reconoce el propio alcalde, Eneko Goia: “Miramos lo que ha pasado en otros sitios y hace que nos pongamos en alerta. Tenemos que encontrar el equilibrio entre que Donosti esté abierta a todos y, a su vez, sea un destino del turismo de calidad”.

Hasta de olas va sobrada. Como resalta Miguel Azpiroz, uno de los tres fundadores de la marca Pukas, el principal fabricante de tablas de surf de Europa, “podemos salir al mar casi todos los días. Pocas ciudades en el mundo pueden disfrutar de algo así”. Ellos empezaron a dar clases en la playa de la Zurriola en 1981, tomando como base su tienda de la parte vieja. Hoy compiten con siete escuelas más en la misma orilla. También se vive un ‘boom’ en el surf. “Cuando nosotros empezamos, este deporte se decía que era una cosa de ‘hippies’ y vividores. Ahora las autoridades públicas se han dado cuenta de que encarna valores muy positivos y se ha cambiado la mentalidad, porque sirve para vender una imagen de ciudad joven y moderna”, explica el veterano surfista, encantado de que acudan, con una tabla bajo el brazo, aficionados de todo el mundo a probar las olas de su playa. “Crea riqueza. Vivimos en gran medida del sector servicios”, reconoce Azpiroz. El temor, de nuevo, es que la Bella Easo, pierda su “magia e idiosincrasia”.

Esa particular personalidad de San Sebastián también consiste en saber aunar lo viejo y lo nuevo, lo clásico y lo moderno. Hay una transición sin rupturas. Un buen gusto que resulta evidente en la tienda de diseño de referencia, J70. Abierta hace 17 años en el barrio de Gros, sigue poniendo a la venta antigüedades inglesas como en sus inicios, a las que con los años le han ido acompañando mobiliario nórdico e italiano, alfombras afganas y bereberes, telas de Teixidors, sofás de la nueva firma guipuzcoana de sofás Naoko, y “cosas de amigos”, señala su propietaria Ana Álvarez, quien dirige también un estudio de decoración junto a su hermano Juan. Para ella nada refleja mejor esa síntesis entre estilos y épocas como el club Náutico: “Es un edificio racionalista de los años 20 al que estamos tan acostumbrados que nos parece de lo más normal, pero es una auténtica joya”. Con forma de barco, alberga en las plantas de abajo los estrechos salones de un club de los de siempre, con las correspondientes fotos de los reyes colgadas de la pared del bar (Juan Carlos y Sofía, no los actuales). Encima suena la música de los ‘djs’ en el flamante club Gu, una de las barras más animadas de la noche donostiarra, famosa por su cócteles. Ana siente más cariño por el primero, reconoce que Donosti vive de lo segundo, pero también sabe muy bien que si se hiciera tabla rasa con el pasado no habría futuro a largo plazo. “La verdad es que San Sebastián está en su mejor momento”, admite.

El Kursaal de Rafael Moneo enfrentado a las historiadas fachadas de los edificios burgueses de Gros también funciona, así como el vanguardista museo de San Telmo, obra del estudio Nieto y Sobejano, incrustado en el monte Urgull, y los conciertos de jazz en la angosta plaza de la Trinidad. A la firma de mobiliario a medida Bois et Fer, con una tienda abierta en los bajos del moderno auditorio, le funciona poner su nombre en francés (traducido: madera y hierro). Gary de la Fuente, uno de sus cinco jóvenes fundadores, lo justifica por su admiración del gusto propio del País Vasco Francés, pero es evidente de que han tenido más que en cuenta que San Sebastián se ha convertido en un irresistible plan de ‘shopping’ para quienes pasan las vacaciones al otro lado de la ‘muga’. Calidad y excelentes precios (para los extranjeros, se entiende) resulta una combinación irresistible. Ellos sin duda lo ofrecen: diseñan mesas y sillas en maderas nobles de una factura que, vendidas por empresas del norte de Europa, es posible que costasen cerca del doble. Eso no obsta para que Donosti se haya consolidado como el norte del norte de España o lo que es lo mismo: como nuestra ciudad más europea.

*Primera versión, con un arranque más ‘killer’, del reportaje publicado en la revista Fuera de Serie el 09/01/2015.

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