Silencio, Lynch diseña

Escrito por el 28 septiembre, 2011 § 0 comments

Es el autor de Dune, El hombre elefante y Carretera perdida, tres de mis películas favoritas, así como de nueve más y de diversos cortometrajes experimentales. Además pinta, diseña sus propios muebles, toca la guitarra y canta, tiene su propio sello discográfico, una marca de café orgánico (es adicto a la cafeína) y cree que el mundo encontraría la paz si se siguiese la terapia de Meditación Trascendental, que intenta promover desde la fundación que creó al efecto en 2005, The David Lynch Foundation. Quién tuviera la energía creativa David Lynch.

Su inquietud ahora es hacer cosas más “sólidas”. Por eso, se ha concentrado en la pintura, lo que le llevó a instalarse en París hace tres años, en un estudio de litografía que usaron Picasso y Miró. Y como está visto que lo de estarse quieto no va con él, hace dos aceptó decorar el club Silencio, que abre sus puertas en la misma ciudad el 6 de octubre. Debe su nombre al local que aparece en la película Mullholand Drive, rodada en Los Ángeles. Durante la escena que transcurre en su interior, Naomi Watts y Laura Harring asisten a un inquietante espectáculo de ilusionismo para luego escuchar una intensa versión en castellano de la canción Crying, de Roy Orbison. La sensación para el espectador del filme es la de estar asistiendo a la representación de un sueño.

Contratar a Lynch y llamar así a la sala fue un capricho del empresario francés Arnaud Frisch, dueño del concurrido Social Club, en París, y del sello musical Savoir Faire. Dedicado a entretener a un público joven, aquí se ha puesto más serio: para entrar en Silencio antes de la medianoche y disfrutar de su original programación hay que ser socio, lo que cuesta entre 450 y 1.500 euros al año. A cambio, se puede a asistir a estrenos de películas –tiene un cine con 24 butacas diseñadas por Lynch–, conciertos exclusivos y conferencias literarias. Pura delicatessen cultural, lo que está en sintonía con la historia del edificio. Construido en 1883, albergó la redacción del periódico de La France y, más adelante, sirvió de imprenta a muchos otros, como a aquel número de 1989 del diario L’Aurore en el que Émile Zola publicó el famoso artículo J’Accuse, un encendido alegato contra el antisemitismo. En 1914, justo enfrente, asesinaron al político socialista Jean Jaurès cuando trataba de parar la Primera Guerra Mundial. Y se cree que a Molière le enterraron en el inmueble al que sustituyó.

Estimulado por estas anécdotas históricas, Lynch ha creado un club cuya atmósfera remite a su filmografía. Eso significa que está abierto a las sorpresas. “Lo he concebido como un espacio íntimo que sea punto de encuentro cultural y donde lo inesperado tenga eminente protagonismo. No habrá un gurú que asuma el papel de Warhol en The Factory, pero al menos se invitará a que vengan artistas del tipo que sea para que programen o creen lo que más les interese”, explica el cineasta, que ha estado encima de casi todo, desde los retretes (en negro sobre negro) hasta el punto de sal en los frutos secos.

Al diseñar la tapicería y el mobiliario, Lynch ha querido “inducir un estado de alerta y de aceptación a lo desconocido”. La serie Black Bird, un conjunto de mesas y sillas revestidas en piel negra, se ha usado para el restaurante; para las zonas comunes, unos sofás y sillones asentados sobre una confusa madeja de hierros. Las paredes curvas de una bóveda se han cubierto de bloques de madera pintados en color oro, con los que ha creado un túnel de “mini mándalas”. El bar de coktails es “budista”. Y la biblioteca se llama, en consonancia con su decoración, Dream Forest (bosque de los sueños). Cualquiera que haya visto alguna de las películas de Lynch o la serie Twin Peaks –también suya–, seguro que no se sorprenderá con lo que verá: un cabaret posmoderno donde las celebrities culturales son parte del espectáculo. De actores principales, Sofia Coppola y amigos.

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