Vienen curvas

Escrito por el 2 agosto, 2012 § 0 comments

Hay pocas carreteras que se atrevan a asomarse al mar con tanto descaro como estas tres que proponemos a través de Vizcaya, Gerona y Almería. Si sopla galerna, tramontana o levante será para pensárselo dos veces. Pero no nos pongamos en lo peor. Vamos a imaginárnoslas con un sol radiante, sin viento, que estamos en verano. Aunque no podemos dejar de señalar que, con el peor de los tiempos, la magia de estos paisajes resulta innegable.

Empezamos de arriba a abajo, en la costa vizcaína donde nuestro compañero de viaje es el Cantábrico, copiloto de Bakio a Lekeito a lo largo de más de 60 kilómetros. La primera localidad es uno de los destinos tradicionales de vacaciones de la provincia foral. Es su playa y no el pueblo de bloques de hormigón el motivo de acercarse hasta aquí. Tan hermosa como brava, se recomienda meter el pie con cuidado; es coto surfista.

La BI-3101 nos lleva a las campas del restaurante Eneperi, desde donde baja un sendero hasta el delgado istmo donde arrancan los 240 escalones que ascienden a la ermita marinera de San Juan de Gaztelugatxe. Su insólita posición, sobre una menuda península, es reclamo de peregrinos desde el siglo X, muchos en busca de un amor que les corresponda. La tradición manda tocar la campana al llegar arriba; aleja los malos espíritus, sobre todo los que habitan en el fondo del mar.

El sosiego de un tramo inicial entre prados da paso al trajín del puerto de Bermeo, que alberga una de las flotas de bajura más importantes de España. El atraque de los pesqueros constituye un espectáculo digno de verse, que insufla de vida a esta localidad desde su fundación, en 1214. Aunque el desarrollo urbano de las últimas décadas no ha sido muy armonioso, todavía se conservan muchos vestigios del pasado, como una de las puertas de la antigua muralla, o el escudo, que reproduce la caza de la ballena.

El siguiente puerto, Mundaka, es otro cantar. Pocas cosas han cambiado con el paso del tiempo, aunque cada vez se escucha hablar en más lenguas debido a la llegada de surfistas de los cinco continentes. Acuden en busca de la vecina ola que cae de izquierdas, que ha hecho de la villa sede del Campeonato del Mundo de Surf. Desde la explanada en la que se erige la iglesia de Santa Catalina, además de ver las acrobacias sobre el agua, se obtiene una impagable vista de la Reserva de la Biosfera de Urdiaibai, un humedal de 22.000 hectáreas de extensión donde conviven carrizales y marismas, playas de marea y vegas fluviales, dunas de arena y un frondoso encinar.

Al salir de Mundaka, la BI-2235 acaba en Gernika, donde no hay que dejar de venir en día de mercado: los baserritarras de la comarca ponen a la venta los excelentes productos del caserío. En total, 380 puestos en la calle Don Tello todos los lunes y los sábados de junio a diciembre. Tomando dirección norte, hay que desviarse por la BI-4244, que conduce a la salida del sendero que lleva al bosque de Oma, el mundo mágico imaginado por Agustín Ibarrola sobre los pinos de repoblación, nunca mejor aprovechados. Los coloridos dibujos, chocantes por su estética geométrica y moderna, aparecen por sorpresa cuando se mira desde los puntos indicados en el camino.

Tras este baño de arte, nada como otro en el mar en la playa de Laida (BI-3234), que cierra la ría del Oka anclada a uno de sus márgenes. Perfectamente equipada, oscila de tamaño a merced de la marea, delineándose con originales formas. Al ser las aguas poco profundas, es ideal para el baño infantil, lo que se puede decir de muy pocas playas del Cantábrico. Un poco más adelante, la de Laga ofrece justo lo contrario: grandes olas muy del gusto de los surfistas. Hay quien incluso se atreve a lanzarse en parapente desde el cabo Ogoño.

Al otro lado de esta mole de granito se encuentra Elantxobe, pueblo que cae literalmente sobre el mar. Las viviendas se amontonan unas sobre otras, dejando entre sí estrechos pasadizos. Ea, el siguiente puerto, lo cruzan diversos puentes y cuenta con una recoleta playa. Y con el tercero tenemos el plato fuerte: Lekeitio. Fundada en 1325, esta villa conserva gran parte de su vieja fisonomía: calles adoquinadas, miradores acristalados, viejos palacios… y una basílica, la de Santa María, que es uno de los más bellos ejemplos del gótico en el País Vasco.

El puerto lekeitiarra, atento a las salidas de sus pesqueros relucientemente pintados, bulle el 5 de septiembre con la fiesta de los gansos. La playa de Karraspio, al otro lado de la ría, no es ni muy abierta ni muy cerrada, ni urbana ni salvaje. Armoniosa, desde luego, y hermosísima. Guarda un caramelo, la isla de San Nicolás, a la que se puede pasar andando cuando baja la marea. Habremos conquistado Vizcaya.

Carretera brava

Cambio de aguas. En el Mediterráneo nos espera la ruta que cruza el Alto Ampurdán (Gerona) hasta la frontera con Francia, de 50 kilómetros. Y lo obligado es comenzar por el principio, desde las ruinas de la colonia de Ampurias fundada por los griegos procedentes de Focea en el siglo VI a. C. En esto de crear ciudades nuevas, los helenos tenían tanto gusto paisajista como los monjes al esconderse en monasterios. Aquí encontraron una hermosa playa, sabrosas gambas y un clima envidiable, lo mismo que atrajo a la nutrida población turística que ocupa La Escala en verano. Pero eso está al sur y nosotros vamos en dirección norte.

Tras recorrer en apenas un cuarto de hora andando la mínima Sant Martí d’Empúries, capital del condado de Ampurias hasta el siglo XI, una carretera comarcal nos dirige entre ubérrimos campos de cultivo hasta Sant Pere Pescador, bajo la atenta mirada de los lejanos Pirineos. El río Fluvia es uno de sus límites. Siguiendo su curso en piragua, a caballo, en bici o corriendo desembocaremos en playas salvajes a las que solo se asoman algunos campings.

Estamos en un terreno casi virgen. De aquí a Castelló d’Empúries, conexión que hace la GIV-6216, queda a la derecha el parque natural de los Aiguamolls de l’Empordá, considerado el pequeño Doñana catalán. El acceso se encuentra a mitad de camino, en El Cortalet, donde nos adentraremos en un territorio marismeño en el que se dan cita 336 especies de aves y los vistosos gamos. Cuenta con múltiples senderos, atalayas y obervatorios. Un recorrido de nueve kilómetros pasa por todos ellos. Vayan calentando.

Siguiente parada, Castello d’Empúries, la capital histórica del Alto Ampurdán, cuyos condes quisieron hacer de su iglesia una señora catedral; la curia, sin embargo, no cedió a sus presiones. Porte, en cualquier caso, no le falta a este templo gótico. Entre sus calles encontraremos anticuarios con mueble viejo de las masías de la zona, un must de la comarca.

Regresamos a la playa por la autovía C-68, dirección Roses, que domina la última curva que describe el litoral mediterráneo en España. Hay restos griegos y romanos, de una ciudadela medieval, de torres que avisaban de la llegada de piratas, y mucho turismo, que confluye en el paseo marítimo. Un camino de cabras, asfaltado al menos, conduce a Cala Montji, un recóndito paraje que hizo famoso Ferran Adriá con su restaurante y el hombre prehistórico sembró de dólmenes y menhires.

Tocamos y volvemos, para tomar otra carretera de ¡115 curvas! hasta Cadaqués, la GI-614, donde no estará de más tener biodramina a mano. El dificilísimo acceso por tierra hizo que esta localidad, la más oriental de la Península, haya tenido la consideración de isla. Allí buscó refugió del frenesí urbano Dalí, Marchel Duchamp y la bohemia barcelonesa, y tranquilidad es lo que se sigue encontrando, aunque el pueblo ya esté localizadísima en el mapa. Para deleite de quienes arriban en barco, desde el mar ofrece su mejor estampa.

Entramos en el parque natural de Cabo de Creus: el Pirineo ahogándose en el Mediterráneo. En coche se permite llegar hasta el faro, donde el nombre de Costa Brava adquiere todo el sentido. Apenas algún enebro alcanza a asomar su copa. Las rocas forman cortantes aristas. Y al agua le cuesta calentarse más de lo que quisiéramos.

Más curvas: las que bajan hasta los huertos y los escondidos callejones de El Port de la Selva, las que suben al monasterio de Sant Pere de Rodes –¿hablábamos de lo bien que saben escoger los monjes los sitios donde escaparse del mundanal ruido?– y las que serpentean pegadas al mar hasta la frontera francesa por la N-260. Y con cada volantazo se descubre una nueva perspectiva de insólita y agreste belleza.

Profundo sur

El paisaje es ahora parejo pero desértico, en una ruta de 80 kilómetros. Dado que el entorno de Mojácar (Almería) se urbanizó con tanta desmesura en los últimos años, escapamos al parque natural de Cabo de Gata. Tenemos dos opciones: subir a la autovía A-370 y luego bajar en el desvío a Carboneras o, más emocionante, ir hasta esa localidad pegados al mar para volvernos a pegar un buen empacho de curvas por la AL-5015. Los que disfrutan de las emociones fuertes al volante han de elegir la segunda opción, donde el desnudo paisaje de colores geológicos, en vivo contraste con el Mediterráneo, sin duda acompaña.

Pasamos ante el hotel Algarrobico. Deseamos que lo tiren abajo. Hacemos acopio de víveres en Carboneras (tiene Mercadona). Alucinamos con su central térmica, vecina de la fantasmagórica y paradisíaca, valga la paradoja, playa de los Muertos, de aguas azul turquesa. Y ya estamos dentro del parque, la AL-5106 mediante. El clima árido, la consecuente falta de agua y el aislamiento histórico de la costa almeriense evitaron durante el desarrollismo el avance y estruendo de las grúas, lo que hoy no podemos dejar de aplaudir.

El primer pueblo es Agua Amarga, resguardada de las peores levanteras y de ambiente familiar: su playa dispone de socorristas, pasarelas y máquina de limpieza. Andando o en 4X4 se alcanza la cala de Enmedio, donde la más absoluta tranquilidad está garantizada. Para seguir por la costa hay que dirigirse tierra adentro unos pocos kilómetros hasta cruzarse con AL-3106, que desciende a Las Negras y Rodalquilar. La primera es la aldea que sirve de puerta de entrada a la recóndita y muy hippy cala de San Pedro. La segunda nació con el descubrimiento de unas minas de oro ya abandonadas, lo que confiere a sus calles un aire de far west, aunque domesticado por sus nuevos residentes. Entre medias queda el Playazo, cuyo nombre resulta de lo más elocuente.

La Al-4200 toma rumbo a La Isleta, vira al interior por el Pozo de los Frailes y de nuevo aterriza en el mar al alcanzar San José, el principal centro turístico del parque. Cogiendo diversas pistas de tierra, las opciones para el baño son infinitas. Una actividad ineludible en el Cabo de Gata pasa por hacerse con un buen mapa y salir de excursión hacia alguna de sus playas y calas, que a la vuelta siempre generan debate: me gustó más la arena de esta, a mí el color del mar de aquella, pero el ambiente de la segunda estuvo de miedo…

Por destacar dos arenales de diferente índole en este último tramo, elegimos la cala Higuera, de fácil acceso y cuyo gran aliciente es la inmersión en la cueva del Tabaco –formada por las elevaciones de magma–, y playa del Mónsul, en el camino que concluye en el mismo cabo. Aquí se rodaron unas escenas de Indiana Jones y el Arca Perdida y, años después, David Bisbal, el hijo predilecto de Almería, se marcó unos molinillos sobre la arena bailando Ave María, cuando serás mía, amén de haber servido de spot de diversos anuncios publicitarios. El efecto sedante que proporciona su relajada atmósfera, común a todo el parque, hará que queramos volver a casa en burro, tomándonos todo el tiempo del mundo. Si no fuera por el aire acondicionado del coche…

*Este reportaje fue portada del número de julio de El Mundo Viajes.

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