El jardinero que conquistó Wimbledon

Escrito por el 4 julio, 2013 § 1 comment

3Entrar en su web puede resultar exasperante. Carece de inmediatez. Hay que esperar a que cada página pase una a una, con total parsimonia, hasta llegar a los datos de contacto. Parece un error de concepto, pero no lo es. “Actúa como un filtro. Quiero saber que quien esté interesado en contratarme es capaz de aguantar al menos dos minutos viendo tranquilamente lo que hago”, explica Fernando Caruncho (Madrid, 6 de septiembre de 1957) desde el seminario de su estudio, una sala con un altísimo techo donde ocupan casi todo el espacio minuciosas y enormes maquetas de jardines. También hay un caballete con un lienzo en el que pinta un paisaje siciliano. Una gran mesa con bocetos muy sintéticos. Una chimenea. Y ni rastro de cachivaches digitales.

Su potencial cliente deberá evitar las prisas en todo momento. Ni siquiera es fácil pillarle al vuelo: este excepcional jardinero, considerado una de las mayores eminencias en su campo en todo el mundo, viaja constantemente y solo acepta entre cinco y seis encargos al año. Y una vez que comienzas a trabajar con él, la implicación o es máxima o no hay trato. ¿La recompensa? “El jardín te transforma; te reconecta con la naturaleza, de forma que comprendes que hay una unidad superior a ti y te haces consciente de los importantes valores de la vida: la belleza, la autenticidad…”, afirma Caruncho, cuyo último gran proyecto en nuestro país es la ampliación del parque de Pereda, en Santander, que se ligará al futuro Centro Botín de Renzo Piano.

Otro dato que atestigua su pausada manera de proceder: hasta que traza el primer boceto se puede tirar entre dos y tres meses nada más que observando. “Abres la ventana para que todo lo que ves entre; no analizas. La paciencia y la capacidad de observación son las principales virtudes de un jardinero”. Caruncho sabe expresarse, entre otros motivos porque antes que estudiante de paisajismo lo fue de filosofía. El cambio de rumbo tuvo lugar al descubrir que la academia de Platón era un jardín, así como que Epicuro afirmó que no se puede conocer sino desde el jardín. “Fue un verdadero descubrimiento. Me dio el empuje intelectual, porque la emoción ya existía. Salí de la filosofía para volver a ella, a su esencia”.

Una aproximación más plástica a su obra se obtiene a través de las mencionadas recreaciones en miniatura de sus proyectos. A la que más atención le está poniendo ahora es a la que simula la colina que ha removido para enmarcar el que fue el último proyecto de su amigo el arquitecto mexicano Ricardo Legorreta. Se trata de una vivienda que se levanta en una idílica finca en el Peloponeso. Allí ha plantado cipreses –su árbol favorito–, que se entremezclan con olivos y frutales. “Me gusta utilizar pocas especies, preferiblemente autóctonas, pues conectan el jardín con el paisaje y la cultura”, comenta mientras señala los contornos de los sinuosos muros. Estos revelan su obsesión por simplificar la trama, siempre una estudiada composición de líneas fluidas.

Enfrente, cuelga de una pared una maqueta de su primer proyecto en los Cotswolds británicos, que ha superado la fase de siembra. “Esta región es donde florece y se define el jardín inglés y en la que se encuentran los mejores ejemplos del mismo. Me siento un privilegiado por trabajar ahí. Es algo así como lo que supuso para Nadal ganar en Winbledon”, dice tomándoselo a broma este hombre que se defiende en inglés y domina el francés y el italiano. Aunque sus referentes siguen estando en España. Aprendió a amar el campo y la naturaleza en casa de unos familiares en Ronda (Málaga), durante los largos meses de verano; la Alhambra es una constante fuente de inspiración por “conjugar arquitectura y paisajismo como no se ha vuelto a hacer”; y se formó en Madrid, en la escuela del Castillo de Batres, lo que otorga una enorme versatilidad, pues la meseta “es una prueba de fuego. Resulta dura, violenta. No te permite ninguna floritura. Por lo que los demás climas no te asustan. A cambio, ofrece una luz intensa con la que jugar. Y un jardín es luz o, mejor, reverberación de la luz”, apunta.

Otro hito clave en su carrera es su primer jardín, que publicó Vogue Decoration, el referente en este ámbito en aquel momento. Él dice que tuvo mucha suerte, pero a tenor que lo que cuenta parece que fue más una cuestión de talento. Con solo 23 años un tío suyo le pidió sembrar de árboles, plantas y flores una casa que había diseñado el afamado arquitecto Richard Neutra. “Una estilista fue a hacer un reportaje sobre la vivienda. Al llegar se quedó tan sorprendida por el jardín que le dio una amplia cobertura, lo que yo jamás hubiera esperado. Y eso fue el desencadenante de todo, aunque con unos plazos muy largos”. El de su propia casa también ha tenido su correspondiente repercusión internacional. Fue, ni más ni menos, uno de los protagonistas del documental de la BBC de hace cinco años Alrededor del mundo en 80 jardines, donde el presentador casi entra de rodillas de la veneración que mostraba hacia Caruncho.

Pese a sus logros –incluida la Terraza de los Laurales del Jardín Botánico de Madrid– Caruncho habla con la máxima discreción, con humildad. Solo parece apunto de encenderse al reprochar a las autoridades públicas el abandono de parques y jardines en nuestro país: “Se olvidan de que la historia comienza en un jardín, de que España tiene una de las más grandes tradiciones del mundo y de que es esencial para educar en el humanismo. No es un lujo sino una necesidad, y tampoco resulta caro; basta plantar un árbol en una placita y poner una fuente y un banco”. Al aparecer su mujer, Maru Rosales, mano derecha desde el inicio de su carrera –se conocieron estudiando paisajismo– vuelve a su ser: tienen que medir el peso de unas semillas, y eso exige calma, una discusión reposada.

El jardín de Botín

Fernando Caruncho se considera jardinero antes que paisajista, no por rechazo a esta última palabra sino por la memoria que atesora la primera. Lo cierto, en cualquier caso, es que está a punto de modificar el paisaje de Santander con la ampliación de los jardines de Pereda, un proyecto que se enmarca dentro de la construcción del Centro Botín, de Renzo Piano. Para Caruncho, “este espacio es una parte sustancial de la memoria de la ciudad. Después de cien años, le damos la oportunidad de resucitar para vivir otros cien. Olvidamos que los jardines se replantan sucesivas veces a lo largo de su historia”. En esta nueva vida duplica su superficie gracias al soterramiento de una amplia avenida y, debido a que el edificio se levanta sobre pilotes, la vista sobre la bahía queda enmarcada. “Así, lejos de disminuirlo, potencias el paisaje”, señala Caruncho, para quien lo más importante de este desarrollo urbano es cómo se establece la conexión ciudad-jardín-edificio-bahía. Él no es de los que deja nada a la ligera.

* Este reportaje se publicó el mes de mayo en Fuera de Serie, suplemento semanal de estilo de vida del periódico Expansión

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