El diseñador invisible

Escrito por el 14 octubre, 2015 § 0 comments

1443690680_0El buen diseño resulta obvio. De tan evidente, lo damos por hecho; casi ni se ve. Sin embargo, que adquiera esa cualidad es lo más difícil de alcanzar. Pongamos el caso de un taxímetro. ¿Qué lo hace uno mejor que otros? “Su simplificación, un trabajo de síntesis que lleva a que parezca sencillo un objeto con mil complicaciones en su interior”, explica Mario Ruiz (Alicante, 13 de agosto de 1965), quien concibió hace 23 años el más vendido de todos los tiempos, el TX36 de Taxitronic. “Hubo que ponerle infinidad de trampas para que no se pueda abrir ni manipular, además de hacerlo versátil para que se adapte a la normativa de cada país y ciudad. Un lío”, describe sobre este artilugio que ha dado la vuelta al mundo.

Frente a la exposición mediática de los diseñadores de mobiliario –si bien él también lo es–, Ruiz representa la cara silenciosa del oficio. Su método lo describe como “de dentro a afuera”, a diferencia de los anteriores, que primero buscan la estética de la pieza. “Luego viene todo lo demás”, apostilla. Por eso, el reconocimiento de unos es muy superior al de otros. La vistosidad, en este caso, como antónimo de utilidad. “Yo intento resolver los detalles, solucionar cada cosa que no funciona. Cuando lo juntas sale el diseño. Evito imponer un concepto de primeras”, afirma este diseñador industrial o de producto –como quiera que se pueda diferenciar una cosa de la otra–, que montó su propio estudio en 1995 y comenzó su andadura profesional en los campos de la tecnología y el mobiliario de oficina. En la actualidad, su trabajo abarca una gama de sectores mucho más amplia, casi omnívora, pues también se adentra en los campos de la iluminación, el textil o la identidad de marca. Cuanto más variado sea lo que haga, mejor se lo pasará.

Esa falta de efectos pirotécnicos en su diseños no es óbice para que sea considerado una eminencia en su campo dentro y fuera de nuestras fronteras. En la línea de otros ‘cocos’ de la profesión como Jasper Morrison o Dieter Rams, que lo mismo han dado forma a tranvías que a butacas o transistores, él ha llevado su trabajo más allá del mero objeto para alcanzar el estatus de “creador de sistemas”. Ruiz da las claves de este nuevo perfil dentro de su sector: “Lo que pretendo en cada proyecto es adaptarme a las necesidades reales del cliente, que lo que le proponga respete su previsión de presupuestos y aproveche al máximo sus propios recursos, de forma que la producción sea factible más allá del corto plazo o del impacto inicial. En última instancia, con mis propuestas genero códigos para que desde una familia puedan surgir diferentes colecciones”.

Asegura que en el mundo del mueble procura hacer “contenidos que tengan que ver con el continente, ubicándose en edificios reales, donde uno debe sentirse bien”. También que su fuerte está en escuchar; acude en persona donde tiene la planta el fabricante –no todos lo hacen– y procura entender qué es lo que mejor se le da, evitando “meterle en jaleos”. En el terreno de las formas, su última meta es la reducción, ser limpio. “Decir lo máximo con lo mínimo. Es lo que me enseñaron. Trato de comprender el lugar de destino donde se ubicará la pieza, sin que haya ningún conflicto ni fisura entre su belleza y el uso que se le vaya a dar”, apunta quien fue durante diez años profesor de proyectos en la escuela Elisava de Barcelona, donde estudió diseño industrial. “Ahora no me da tiempo a dar clases. Cinco horas a la semana era un esfuerzo extra que no me podía permitir”.

Dejarse la piel, al menos, ha tenido sus recompensas. Ruiz se ha alzado a lo largo de su carrera con ocho premios Red Dot Design Award, referencia en su sector. El último se lo ha llevado este año por el aparador de madera, con detalles en oro, bronce y aluminio, ‘Stockholm’, concebido para la firma valencia Punt Mobles y cuyo nombre ya indica por sí solo sus pautas estéticas. La línea de muebles exteriores ‘Flat’, que diseñó en 2008 para Gandía Blasco, también valenciana, fue uno de los diseños premiados por la icónica revista ‘Wallpaper’ en aquel año. Pero mayor recompensa supone que resultara un revulsivo en plena crisis para esta marca y que continúe siendo su ‘best-seller’. Sin salir de su comunidad de origen, de Expormin le llamaron en fechas recientes para relanzar la línea de madera y consolidar el resurgir del ratán después de que, durante años, su horno de moldeado dejara de funcionar. Lo que propuso Ruiz fue crear una nueva colección donde se emparentan ambos materiales y, a su vez, que los muebles de ratán no se limitan al hogar, y para ello ha sugerido incorporar detalles de confort como tapizados y pieles. Así encuentran más fácil acomodo en instalaciones ‘hospitalarias’, como hoteles o centros de congresos.

Otra muestra de que sus diseños perduran es que los ‘fingers’ aeroportuarios que hace 22 años ideó para la compañía vasca Ikusi se siguen viendo en terminales españolas, italianas y de algún otro país. Además, le reclaman del sector de las oficinas, como la norteamericana Steelcase, número uno en todo el mundo. Este ámbito de su trabajo en el que atesora una larga experiencia encierra sus peculiaridades: “Cada línea o colección supone la combinación de infinidad de piezas entre sí. Así, la inversión previa es enorme y por eso se exige mucho control. Hay que ser por tanto muy técnico y analítico –no hay sitio para las ocurrencias– pero también estético”, reflexiona Ruiz, cuya metódica personalidad, abierta asimismo a la fantasía, tiene su faceta lúdica en la gastronomía. “Me meto en la cocina a diario. Mi última obsesión es la alimentación enzimática, aquella que previene el envejecimiento celular de nuestros órganos. Aboga por las cocciones cortas o consumir más pescado que carne, por ejemplo. Mi mujer y yo nos hemos vuelto una especie de apóstoles del tema”, apostilla. Un hijo de 16 años que engulle “hasta aviones” trastoca la dieta.

La innata eficiencia de Ruiz y su meticulosa mirada sobre los detalles la transmite su propio estudio, en la elegante calle Balmes de Barcelona. Dejando atrás el elegante vestíbulo modernista con profusión de mármoles y oscuras maderas, entramos en un espacio dispuesto con el máximo orden. El parquet da calidez a un escenario de libros y ordenadores donde impera una atmósfera casi monástica, de mucha introspección. Sobre dos mesas se despliega el “territorio estético” del diseñador. Consiste en una recopilación de objetos traídos durante sus viajes que reflejan las tendencias en gustos del momento, ya sean referidas al color, a los materiales o a otras cuestiones más sutiles.

Hay libretas, piedras, cucharas, cables de alimentación, cepillos… De todo, seleccionado en mercados de alimentación, ferreterías, grandes almacenes y hasta droguerías de casi cualquier rincón del globo, desde Estados Unidos y Suecia hasta Japón, país que le ejerce una particular fascinación. “Soy como un camaleón, que veo por todos lados. Mi mayor peligro es despistarme”, reconoce Ruiz. Estos hallazgos los agrupa como en un puzle, donde encajan por gamas tonales y texturas para hacerse una idea de cómo se relacionan con la gente y “sus pasiones”. Así sabe reaccionar con rapidez ante cualquier petición de un cliente. Su ‘mapa’ le orienta.

Que trabaja a la velocidad del rayo lo pone en evidencia el hecho de que funcionando por su cuenta, ayudado solo por una persona que controla la digitalización de sus bocetos y la carga de muchos gigas de las presentaciones, firma 45 proyectos al año, un 80% para empresas extranjeras. Cuando eran más personas en el estudio, el número no era mucho mayor. En consecuencia, su calendario está repleto de viajes. Como Ruiz destaca, “mi labor es en gran medida de consultoría. Esto obliga a tener una relación muy estrecha con los gerentes porque tienes que aprender a pensar por ellos. Vas a sus casas, conoces a sus parejas”. Lazos laborales tan estrechos se explican porque para que nazca un buen diseño es imprescindible que exista una fluida relación entre diseñador y fabricante. “Lo importante es la confianza”, remacha Ruiz.

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