Una colección por sorpresa

Escrito por el 9 octubre, 2018 § 0 comments

JUAN HERREROS_HR_013Sabíamos poco más que el Juan Herreros había habilitado un espacio expositivo para una colección de arte contemporáneo en el número 5 de la plaza de la Independencia, junto a la Puerta de Alcalá, y hasta ahí acudimos, preparados para lo que fuese. La insistencia periodística había conseguido abrir la puerta del inmueble, pero eso era todo. “Ya lo veréis cuando estéis dentro. Los clientes son muy reservados”, nos decían desde el estudio para tranquilizarnos. Así que entramos a ciegas. El límpido cielo seco de Madrid dio paso a la penumbra de un estrecho vestíbulo. Refulgía con luz propia un inmenso cuadro que parecía de Roy Lichtenstein pero que en realidad lo firma D*Face, un maestro del grafiti británico que se divierte homenajeando a otros. Sobre un andamio, un chico con barba, pantalón de chándal y camiseta blanca se peleaba con unos focos, mientras una chica pelirroja con pantalón vaquero y camiseta de tirantes tapaba la puerta con papel kraft para evitar miradas indiscretas. Mejor era avanzar.

Tras subir unas escaleras metálicas, el arquitecto Juan Herreros nos condujo a un nudo de pasillos y salas abiertas a la calle Serrano. Antes de iniciar el tour había preguntas que hacer. Detrás de una escalera de obra, un personaje femenino de dibujos animados, azul y de generosas proporciones, abrazaba sus rodillas. En la otra esquina, entre dos cuadros apoyados en el suelo, aparecía sentado con las manos extendidas hacia atrás otro muñeco de mayor tamaño y aspecto aún más inquietante; su cuerpo negro partido en dos mostraba en un lado sus órganos internos de colores fluorescentes. Aunque no teníamos ninguna información en la que basarnos, no era lo que esperábamos. ¿Arte urbano y post-pop junto al Triángulo del Arte de Madrid, donde el metro cuadrado está por las nubes…? ¿Se puede saber quién está detrás de todo esto?

Después de volver a insistir, al fin dimos con la respuesta: se trataba de la colección Solo, de David Cantolla, creador de Pocoyó, y Ana Gervás, de la familia Mahou. Entre tanto, Herreros comenzaba a dar sus explicaciones. Contábamos con un cicerone de excepción dada su especial sensibilidad hacia el arte, la cual se ha materializado a lo largo de su carrera en obras de grandísima calidad, abarcando todas las escalas. Su estudio ganó el concurso para construir el museo Munch de Oslo, cuya apertura está prevista para 2020. En Buenos Aires acaban de reacondicionar el museo Malba de arte contemporáneo, una experiencia que ya tuvieron en el Reina Sofía. Arco también ha pasado por sus manos y a Luis Gordillo le diseñó su estudio, además de haber trabajado con galerías como la de Pepe Cobo en Madrid y CarrerasMugica en Bilbao. Y tiene tiempo para más: desde 2007 ejerce como profesor de Professional Practice en la universidad de Columbia, en Nueva York, donde sonó para el puesto de decano, y hace sus pinitos como coleccionista. Valora del arte que sea “el termómetro más fiable para entender lo que tiene sentido en cada momento”, así como que sepa hacer “las preguntas adecuadas antes que nadie”.

La colección Solo, que suma más de 300 obras, ha decidido mostrarla a través de un juego de “desorientación” en un piso de entresuelo de 1.300 metros cuadrados. “En busca del efecto sorpresa, hemos querido que el visitante se pierda entre las salas”, explica Herreros de lo que define como un “pifostio espacial”. Pretende que, dado el jaleo, “olvides por donde has pasado”, a fin de que quieras volver sobre tus pasos y seguir investigando. Un tramo del recorrido incluso se ha concebido como una suerte de cinta de Moebius, paradigma del despiste. “Aunque al final todo el mundo llega al mismo sitio; no hay pérdida”, asegura. “Es un concepto expositivo que puede con todo. El lugar está preparado para que pasen cosas muy distintas”. Aunque admite que muchas están por definir, algo que también pasa con la fecha de apertura. ¿Finales de año? ¿Coincidiendo con Arco? No se sabe.

La mención a Moebius, pseudónimo del célebre dibujante francés, lleva a descubrir que la propia escenografía se nutre del hiperrealismo del cómic; parece como si se caminara de una viñeta a otra. La influencia del llamado noveno arte resulta desde luego patente en la mayoría de las piezas de la colección. Entre sus tesoros sobresale la obra de algunos de los artistas pioneros en llevar a las salas de los museos la estética de la bande dessinee en su espíritu más punk y underground. Del californiano Raymond Pettibon, autor de portadas del grupo Sonic Youth, se exhibe el cuadro Broken at Last, del alemán Neo Rauch, Gold, y del barcelonés Alberto Porta aka Zush aka Evru, Boys of my life. En paralelo, se ha apostado por nombres a los que el circuito artístico más formal aún se les resiste, caso de los españoles Joan Cornellà, Okuda San Miguel o Juan Díaz-Faes.

El efecto sorpresa lo ejercen también intervenciones arquitectónicas concretas como la asimétrica sala de cine, que es también auditorio. Envuelta en una malla dorada, su pantalla vertical de más de cuatro metros de alto emitía el vídeo de un personaje de origen oriental que transitaba entre el sexo femenino y el masculino y al que le surgía una pierna del órgano sexual. Un poco antes descubrimos una cabina telefónica propia de una película de David Lynch. “Es posible que se convierta en el único punto donde se pueda hablar con el móvil”, comentaba divertido el arquitecto. De sus paredes acolchadas de color rojo emanaba un olor a curtiduría que te hacía viajar de inmediato a un bazar oriental. Ya fuera, al descorrer una de las paredes compuestas de cemento y virutas de madera, surgía el almacén con las obras dispuestas en el típico sistema de enrejado. Se abrirá para enseñarlas a las visitas de esta guisa, algo muy raro de ver en un museo.

Al terminar en el nudo de salas del principio, vuelve la misma y perentoria pregunta: ¿podemos hablar con los creadores de la colección? “Intentarlo. Son el chico de la barba y la chica pelirroja de la entrada”, nos anima Herreros. Antes de salir a por ellos, le pedimos que cuente el origen del proyecto, por completar también este recorrido: “Contactaron conmigo en 2014. Vinieron con esta idea: vamos a crear una colección de arte –estaba por hacer– y queremos que nos ayudes a dar forma al lugar donde vamos a mostrarla. Que es este y que ya era suyo. Les invité a venir los viernes por la tarde a mi estudio y comenzamos a hablar. Imaginábamos escenas; las decisiones las tomábamos sobre la marcha. Supieron mantener el pulso de la conversación”, recuerda Herreros, quien también alaba la generosidad de sus clientes que hayan decidido abrir la colección al público en estas condiciones.

Abajo, David Cantolla (Madrid, 1967) seguía luchando con los focos en busca del ángulo de luz perfecto sobre el cuadro del vestíbulo. Ana Gervás (Madrid, 1973), a la que cariñosamente llama Curra, comentaría después de su pareja que es capaz de pasarse “dos días sin dormir” por una cosa así; lo cierto es que él no tiene reparos en calificarse como “obsesivo”. Un rasgo de la personalidad compartido por ambos es su alergia a los focos mediáticos. Así que la entrevista comienza atropellada, con dudas. ¿Qué contar y qué no? Un retrato fotográfico de los dos se descarta de buenas a primeras. “No queremos ser los protagonistas de esta historia”, aduce él.

Su posición, no obstante, será difícil de mantener porque ellos son la cara de la colección que quieren promocionar y el público necesita personas con las que identificarse para entender los mensajes. Un ejemplo reciente de su postura, con consecuencias nefastas, sale a colación: el fantástico proyecto Bombas Gens Centre d’Art de Valencia, cuyo presupuesto ha rondado los 10 millones de euros, se ha hecho realidad gracias a la generosidad de José Luis Soler Vila, proveedor de Mercadona. Pero como el empresario no ha querido salir en la foto, el impacto en los medios de la inauguración del centro ha sido muy inferior del que le correspondía.

La conversación continúa en el gran salón del espacio, donde suena música oriental de fondo y destaca en una esquina la escultura de una chaqueta compuesta con restos de cerámica Ming. En las mesas abundan revistas y muñecos para adultos, que el propio David fabrica a través de su marca 6 Forest. Posee además una compañía de videojuegos, iSport, y dos empresas tecnológicas. Ana, formada en Marketing en la universidad de Miami, invierte en ideas como ayudar a las mujeres al parto o en la floristería-tetería Salón des Fleurs de Madrid. El por qué de la colección, aseguran, no es buscar la rentabilidad sino “crear valor” y que acuda al espacio “gente interesada en elevar la conversación”. David también señala que vieron un nicho por explotar: “El arte que coleccionamos no es muy académico y resulta difícil de ver en España. Murakami está en los grandes museos, pero hay otros muchos artistas de ese tipo aún desconocidos para el gran público”.

No les molesta reconocer que su situación económica se lo permite y David se quita también así una espina del pasado: “Empecé la carrera de Bellas Artes, pero como era muy mal artista, no me pude dedicar a ello y me hice empresario. Esta aventura para mí es un poco como volver al ambiente de la facultad”. Un curso conjunto en Sotheby’s de Arts&Investment les ayudó a entender el mercado del arte, sin duda necesario dado que apostaron fuerte desde el primer momento, acudiendo a las ferias de Art Basel en Hong Kong, Miami y Basilea, “donde se cuece todo”. De deberes, detalla Ana, tuvieron que manejar un fondo de inversión en arte de 15 millones de libras ficticias: “Metimos el dinero en los artistas que nos gustaban y, viendo su evolución, no nos hubiera ido mal. De algunos incluso hemos conseguido tener obra de verdad”.

Los cimientos de la colección los puso David: “Tenía algunos cuadros de surrealistas americanos con los que había trabajado. Contacté con muchos artistas en un momento en que una de mis empresas necesitaba desarrolladores de 3D. A Tim Biskut, por ejemplo, le conocía de las conferencias Pictoplasma en Berlín, donde también me hice amigo de Nathan Jurevicius, un australiano que ha trabajado para Disney. Por esa línea empezamos a tirar”. Hoy muestran orgullosos su cuadro de Neo Rauch, un artista para ellos icono por el lenguaje narrativo de sus pinturas.

En este punto admiten ambos que han sido siempre lectores voraces de cómic, incluidas aquellas revistas de los 80 –la época dorada del género en España– como Tótem, Cimoc y Zona 84. “Somos frikis de cuna”, añade Ana. David llegó a escribir su propia novela gráfica con dibujos de Juan Díaz-Faes. Editada en 2014 por Astiberri, ya va por su segunda edición y se ha vendido en Francia, Italia y Alemania. Lleva por título Éxito para perdedores, donde cuenta su propia biografía profesional, una auténtica montaña rusa. La burbuja digital del año 2000 le llevó a la ruina de un día para otro, pero su incansable carácter emprendedor y sus ganas de dejar algo con poso para sus hijos le llevaron a convertirse en uno de los creadores de Pocoyó, serie de animación infantil de enorme éxito en todo el mundo.

Para acabar de darle el sentido conceptual a la colección Solo, David apunta que todo lo que ha hecho siempre ha estado vinculado a lo popular; a la música, al cine, al manga… “El mestizaje de todo esto ha marcado el camino. El mismo Pocoyó es parte Calvin and Hobbes y parte Arale, lo americano y lo japonés juntos. En este mundo global, los japonés ven Bob Esponja y los americanos, Bola de Dragón. Resulta fascinante observar cómo las culturas ven todo de todas y cómo se contaminan entre ellas, haciendo las reinterpretaciones más variopintas. Eso es lo que nos seduce contar”. El carácter transnacional de lo que compran se traslada a cifras: cuentan con piezas de artistas de 22 países diferentes repartidos por los cinco continentes.

Otro dato de relevancia es que el 23 por ciento de sus artistas han recibido retrospectivas por parte de museos y al 57 les han expuesto de una forma u otra. Eso significa que el 43 no ha pasado por sus salas y así se encuentran cotizaciones muy diferentes dentro de su catálogo. Aclara Ana que lo que premian es el talento: “Tratamos con el mismo cariño a todas las obras. En realidad es el conjunto lo que nos interesa, su narración”. Cuenta también que en las ferias no siempre encontraban lo que ellos querían y eso les animó a emprender una labor de mecenazgo con el objetivo de ayudar a los artistas a entrar en la rueda del mercado. Esta iniciativa se ha materializado en un sistema de becas que permite que tres artistas al año puedan desarrollar su trabajo sin preocuparse de qué comer.

Su menú puede consistir en cocido montañés, puesto que la que ha sido durante los últimos 30 años la casa de vacaciones de David en Somo –es de origen cántabro– la han reformado para que un artista disfrute de sus vistas todo un año frente a la playa. Se van en agosto para que entren ellos y también acuden algunos fines de semana los meses previos para compartir la experiencia con su becado. “No somos unos galeristas o marchantes al uso porque construimos con ellos para enriquecernos espiritualmente. Nos gusta el artista que nos gusta por su obra y que nos gusta como persona”, remacha el creador de Pocoyó.

Eso es algo que pueden decir también de Herreros. Buscaban a un arquitecto “potente” capaz de construir la colección Solo entre todos, a partir de las preguntas que la pareja planteaba: “No queríamos un proyecto cerrado. Y Juan en este sentido ha sido la bomba. Le contabas una idea y él la hacía mejor. Como el auditorio, que no nos lo planteamos al principio. Al proponérnoslo nos obligó a darle otro sentido al espacio, donde ahora tenemos previsto dar conferencias con científicos y más gente interesante”. Tuvo asimismo la agudeza de construir el interior con materiales urbanos – cemento en suelos y paredes, techos de hormigón visto, chapones…–, en alusión al arte urbano que cuelga de las paredes. A sus clientes les encanta del recorrido que esté lleno de secretos y que tenga un ritmo endiablado: “Cuando estás en una sala ya hay algo de la siguiente que te está llamando. Por un lado tiene una lectura lineal, como en una buena sesión de música, donde diferentes estilos se acoplan armoniosamente entre ellos, y, por otro, es un circuito infinito, que nunca se acaba, donde además hay círculos dentro del círculo”.

Lo más difícil ya está hecho. Pero quedan dudas, como el modelo de admisión, que es probable que funcione bajo reserva previa en Internet, al igual que en la colección Boros de Berlín. “Colegios e institutos también estarán invitados a venir”, resaltan para que no se transmita una imagen elitista de esta iniciativa. Con los cuadros seguro que todavía hay más de un baile de una sala a otra. Lo importante, claman al unísono Ana y David, es no complicarse la vida y parece más bien que están consiguiendo lo contrario, pero divirtiéndose mucho en el camino, como un niño con Pocoyó.

*Reportaje publicado en el número 3 de la revista Port.

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