Piet Oudolf: el jardinero salvaje

Escrito por el 7 noviembre, 2019 § 0 comments

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Por Txema Ybarra

La entrada al Real Jardín Botánico de Madrid desprende un nuevo aroma. Diferentes especies de plantas vivaces han colonizado el área acompañadas de arbustos que aportan estructura. Las primeras se distinguen porque viven más allá de los dos años –por eso se llaman también perennes–, ofreciendo diferente color y aspecto con el cambio de las estaciones. Hasta cuando se marchitan tienen algo que contar. El aspecto del conjunto es así más natural o silvestre de lo que estamos acostumbrados en un jardín, donde aún predomina la tendencia de plantar flores de temporada, normalmente exóticas. Aquí vemos la aquilea, la salvia o el cardo, tan habituales en el paisaje mediterráneo y por tanto más sostenibles, pues necesitan menos agua para prosperar y atraen a los insectos polinizadores.

Firma el proyecto Fernando Martos, uno de los paisajistas más prometedores de nuestro país, quien ha sabido tomar buena nota de los preceptos de un movimiento que viene del norte de Europa, bautizado como New Perennial, y que tiene revolucionada a la profesión. Su ‘padre’ es el holandés Piet Oudolf (27 de octubre de 1944, Harleem), a quien ya tentaron para intervenir en los reales jardines pero declinó. No era su “hábitat”. Sí lo ha sido, en cambio, el reabierto Chillida Leku de Hernani, donde ha podido trabajar en un clima en el que sin duda se siente más cómodo y con otra libertad, lo que más anhela a estas alturas de su carrera. Allí acudió a mediados de octubre para supervisar el desarrollo de sus plantas en un franja de terreno que también recibe al visitante y para preparar una siguiente actuación en una zona de choperas, donde desplegará uno de sus famosos prados, casi imposibles de replicar más allá de la cornisa cantábrica.

‘The Wall Street Journal’ lo bautizó como una ‘rock star’ del paisajismo dado que son legión los fans que acuden a su casa de Hummelo, en Holanda, para ver dónde empezó todo. Pero no se siente así, quizá porque le pilló mayor. Prefiere la naturalidad, como en sus jardines. Al preguntarle por la relación de su trabajo con el arte contemporáneo, dice que son campos separados: “Siempre me gustó, y la música y el cine, pero no soy un artista ni he tenido tiempo de estudiar arte”. Aunque reconoce, cuando se plantea que ver sus jardines es como adentrarse en un cuadro impresionista, que sí, que eso pasa… Lo cierto es que ha conseguido con sus composiciones que prevalezca el conjunto, que los colores de la vegetación, en un continuo cambio a lo largo del año, toquen una suerte de sinfonía sin importar las “individualidades”, tal como lo veía Monet. Sobre la primera impresión que le causó conocer Chillida Leku, aseguraque le tentó “no hacer nada”. El lugar era perfecto, alega.

¿Qué le llevó a apostar por el jardín ‘new perennial’?
De alguna manera siempre me ha atraído lo desconocido. Por eso dejé de trabajar detrás de la barra de un bar junto a mis padres y probé distintas profesiones. Y reconozco que cuando me mudé a Hummelo para rehabilitar una granja y montar un vivero junto a mi mujer no sabía muy bien dónde me estaba metiendo. Por entonces ya hacía pequeños jardines privados y me iba a bien. Mudarnos a más de una hora de Ámsterdam y sin clientes en la zona parecía una locura. Pero era lo que me pedía el corazón. Quería experimentar con las plantas y esa es la razón de lo que vino después. El nombre lo pusieron otros.

¿Cuáles fueron las razones para que triunfara esta nueva corriente en la jardinería?
Me supe juntar con la gente apropiada para publicar mis libros: los conceptos se explicaron muy bien. Y al tener un vivero y nuestro propio jardín abierto al público [el primero cerrado en 2010 y el segundo hace un año para tomarse un respiro y ganar en privacidad], pudo venir mucha gente a ver cómo trabajamos. No me guardo nada. Mis diseños están en internet para el que quiera. Si eso ayuda a saltarse muchas de las lecciones que yo no me pude evitar, feliz de que la información sea accesible.

¿Siempre tuvo esa vocación pública?
En realidad, todo lo que hice fue por mí mismo. Aunque siempre pensé que si me gustaban mis propios jardines, a otros también les iban a encantar.

Lo que gusta de ellos es que se distancian de las formas tan definidas que estamos acostumbrados a ver en los típicos jardines ornamentales y se establece una mayor conexión con el entorno. Son más dinámicos y funcionan todo el año, abundan las herbáceas de largo recorrido –marca de la casa– y las flores no son tan importantes como el carácter de las plantas, de las que les gusta particularmente su estructura y sus semillas. “Las pongo sobre el escenario y las dejo actuar”, dice. Pero no sin haberlas estudiado antes en profundidad, como pocos lo han llegado a hacer en su oficio. En el libro ‘Dream Plants for the Natural Garden’ clasifica hasta 1.200 especies distintas en función de sus usos y resistencia. E investigando y dando paseos de forma infatigable desde Serbia hasta Ecuador, donde vive uno de sus hijos, Oudolf ha descubierto y dado nombre a 70 nuevas plantas; observar cómo se comportan en su propio medio, en estado salvaje, es una de sus grandes pasiones.

Pero no es un ‘nacionalista’ de las plantas. Luego las exporta, porque su política es que si saben comportarse en la comunidad que las recibe sin resultar invasivas, bienvenidas sean. Y lo mismo opina sobre los flujos de personas: no comparte el pavor que existe hoy a que la gente se mueva con libertad por el mundo. No en vano, en Chillida Leku ninguna es habitual de la zona. Proceden la mayoría de viveros de su país y unas pocas –justo las que cree que no están funcionando bien– de Francia. También defiende que no existe contradicción en el concepto de ‘natural garden’.

¿Pero no la hay dado que la intervención de la mano hombre es vital?
Para mí significa que es un jardín en el que te sientes bien y que sabe expresar la belleza espontanea de la naturaleza. Pero lograrlo es algo que me ha llevado casi toda mi carrera; uno no puede llevarse a engaño: es puro diseño. Por ignorancia se cree que es más fácil que tenga un aspecto salvaje.

Cree asimismo que para que sus jardines adquieran ese anhelado carácter también conviene usar especies que tengan vida después de la muerte. “Un jardín con las flores congeladas por una helada es un espectáculo digno de verse”, asegura. “Hay mucha belleza en hacerse mayor. También en el mundo de las plantas, en especial en las vivaces, que por eso me gustan tanto. Esa evolución las hace más interesantes. Cuando veo muchas flores en verano ya estoy desando que llegue el otoño. Es mi época favorita. Me encantan los marrones, amarillos y naranjas de esa estación”.

No va sin embargo con el signo de los tiempos. Los actores de cine y las marcas de bellezas nos quieren hacer creer que puedes ser eternamente joven.
Fíjate en ellos. Todos parecen la misma persona. Así pierden su atractivo

 

PUERTAS ABIERTAS

En la madurez de su carrera, Piet Oudolf prefiere diseñar jardines abiertos a todos para que se conozca mejor su trabajo, cuya relevancia se disparó al inaugurar dos parques públicos en Estados Unidos: Lurie Gardens, en Chicago, el mayor sobre cubierta del mundo, y High Line, en Nueva York, las vías de tren aéreas reconvertidas en paseo peatonal. La galería suiza Hauser & Wirth, socia actual de Chillida Leku, le trajo a Hernani tras colaborar con el holandés en una residencia de artistas en la campiña inglesa. En un proyecto sobre una islita junto a Mahón (Menorca) plantean un modelo similar de trabajo –de nuevo junto al paisajista español Álvaro de la Rosa–, mientras prepara un nuevo jardín en el campus de la firma de diseño Vitra en Weil am Rhein (Alemania).

*Entrevista publicada en octubre de 2o19 en la revista Fuera de Serie.

 

 

 

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