Emilio Tuñón, una obra en dos mitades

Escrito por el 17 noviembre, 2021 § 0 comments

Por Txema Ybarra

Luis Moreno Mansilla era el poeta. Emilio Tuñón, el ingeniero. Nació el primero el 1 de enero de 1959 y el segundo el 6 de julio de ese mismo año. Eran por tanto perfectamente opuestos en el horóscopo, mientras que en el estudio se complementaban a la perfección: pensaban lo mismo por diferentes razones o pensaban de forma distinta por las mismas razones, como le gusta recordar a Emilio. Trabajar a las órdenes de Rafael Moneo durante cerca de una década les dio el mismo lenguaje arquitectónico y eso lo facilitaba todo: “Aprender ese sistema de reglas y de leyes permitió que pudiéramos establecer una conversación sobre la forma de acometer una obra aunque tuviéramos dos enfoques distintas”. La simbiosis llegaba a tal punto que donde uno dejaba de escribir un artículo lo seguía el otro, para luego firmarlo juntos.

El MUSAC y el auditorio de León, el restaurante y el hotel Atrio de Cáceres y la biblioteca Joaquín Leguina de Madrid son algunos de los hitos que se les pusieron a la cabeza del panorama arquitectónico español y les dieron reconocimiento internacional. El futuro era resplandeciente: apuntaban a Pritzker de arquitectura. Pero de forma repentina, un 22 de febrero de 2012, Luis murió. El estudio tuvo que seguir: dos proyectos de largo recorrido y mucho peso –el Museo de las Colecciones Reales de Madrid y el Museo Helga de Alvear de Arte Contemporáneo, en Cáceres–, faltaban por concluirse, así que Emilio estaba obligado a tomar el testigo en solitario le gustase o no. “Han sido diez años de soledad”, admite durante la entrevista en la inmensa la nave de ebanistería que rehabilitaron para trabajar juntos en una callejuela del barrio madrileño de Cuatro Caminos, donde antaño se sucedían los tallares de artesanía y a la que el urbanismo moderno quitó toda personalidad.

Es por ambos museos por los que se debe reconocer hoy a Emilio Tuñón –de una bellísima factura y de un brillante acabado–, pero también por lo que ha emprendido en solitario. En particular, por un “gastropabellón” desmontable para la universidad ETH de Zúrich, ganado por concurso en 2013, y por una vivienda diseñada a las afueras de Cáceres que se puede calificar de perfecta: “Es un juego matemático: se trata de un cuadrado dividido en 9 cubos de cuatro por cuatro, con uno en medio de 16 por 16 con todas las instalaciones. Eso hace que cada uno de ellos goce de gran autonomía y que se anime a circular alrededor de la casa, porque el microclima del lugar anima a ello”. Así, siendo una casa que es toda igual, se puede vivir de formas muy diferentes.

No ha habido mucho en estos últimos años más porque ha querido mantener el espíritu “artesanal” del estudio, entregándose de forma plena a cada obra y así tener tiempo para seguir impartiendo clases en la Escuela Superior de Arquitectos de Madrid. La guinda sería la inauguración del Museo de las Colecciones Reales, al que se le llegó a dar fecha de apertura en 2016, pues el edificio ya estaba finalizado para entonces. Tras el cambio reciente de director, Emilio Tuñón confía en que en algún momento de 2022 al fin nos deslumbren los tesoros escondidos de Patrimonio Nacional.

Entre tantos vaivenes políticos, ¿sigue teniendo sentido aglutinar en sus salas el esplendor de la casa real española?

Sin duda, por la calidad excepcional de las piezas que coleccionaron Austrias y Borbones. Es un proyecto que en realidad se remonta a 1936, a la Segunda República, y cuya idea original consiste en reunir las colecciones de tapices, carruajes y armería, que se pueden considerar las mejores del mundo. Pero había mucho más que mostrar. Creo que será muy interesante y divertido de ver.

¿La polémica con El Prado por la reclamación de ciertas pinturas está cerrada al cien por cien?

Al cien por cien, como la colección del museo. Lo que puede ocurrir es que alguna obra de El Prado vaya por un tiempo al museo de las Colecciones Reales dentro de una exposición temporal.

Sí podemos celebrar al menos la inauguración reciente del museo con la colección de arte contemporáneo de Helga de Alvear en el casco histórico de Cáceres, 15 años después de que Mansilla+Tuñón ganaran el concurso para su diseño. La obras empezarons por la rehabilitación de la conocida como “Casa del Millón”, donde tiene su sede en la actualidad la fundación de la coleccionista, de tres plantas y con un patio cubierto. El edificio nuevo, debido a la crisis financiera, se tuvo que reducir a un tercio de lo previsto, de 15.000 a 5.000 m2, pero no fue un problema para Emilio: “Creo que es más bonito así. Ahora hay un jardín en el que no pensamos al inicio y que ha servido para crear un flujo de circulación entre la parte antigua de Cáceres y la nueva. De esta forma hemos contribuido a hacer ciudad”.

También está satisfecho con la “humildad” de la arquitectura, que confronta la colección “sin presionar, para que cobre su valor”, y por haber tenido la oportunidad de tener de cliente a la que considera “la gran coleccionista de arte contemporáneo de este país”, que ha juntado piezas que no se han expuesto nunca más allá de su presencia en galerías y ferias, y “lujos” como que ‘Los Caprichos’ de Goya, “el primer artista moderno”, se enfrenten a obras de Olafur Eliasson,  Ai Weiwei o Thomas Hirschhorn.

¿Cuál es la fórmula para que la arquitectura contemporánea y la tradicional convivan en armonía?

A Luis Mansilla y a mí lo que nos interesaba era hacer una arquitectura que establezca los vínculos naturales con el entorno en el que se produce, ya sea el territorio o la ciudad, porque son los que permiten hacer una arquitectura que no incomode. Hay quien prefiere la arquitectura parasitaria, en la cual el edificio cambia toda la relación entre los elementos. La filosofía por la que nosotros apostamos, en cambio, es la del diálogo y la conversación, igual que entre las personas, donde no todos tenemos que pensar igual pero nos debemos respetar. Como en una buena tertulia alrededor de una mesa.

¿Cuáles son esos vínculos en el Museo de las Colecciones Reales?

En primer lugar, supone la extensión natural hacia el sur del Palacio Real siguiendo los planos de Sachetti. Está compuesto con la misma piedra, el granito. Hace una relectura, en abstracto, de la estructura compositiva de sus huecos verticales en la fachada. Se replican los espesos muros buscando su materialidad y, también hay que decirlo, su monumentalidad. Al final se compone un bodegón urbano con edificios de diferentes épocas y el nuestro creo que sabe rematar todo el conjunto al servir de basamento. Complementa, no compite y de ahí su discreta entrada de arriba hacia abajo.

¿Y en el museo de Helga de Alvear?

Tiene una composición vertical al igual que el casco histórico de Cáceres y su arquitectura es blanca, que es la predominaba antes; ahora se ven muchas fachadas de piedra desnuda, pero tradicionalmente estaban encaladas. A su vez hemos mantenido un muro de piedra con mucha presencia que marca el camino entre la ciudad antigua y la nueva. Y como he comentado, el edificio sirve de conexión entre las dos partes a través de un recorrido interno por rampas, escaleras y el jardín. No hace falta visitar el museo para pasar por ahí.

Ahora mismo cuesta imaginarse que se vuelva a destinar un gran presupuesto a un museo o a un centro de convenciones.

Todo pasa. En mis 40 años de carrera profesional no es la primera vez que ocurre esto. Lo que sí creo es que va a haber mucha rehabilitación. Se ha construido mucho y es necesaria, y muchas estructuras sin gran valor histórico sí lo pueden tener desde una perspectiva de la sostenibilidad.

EL MUSEO DE NUNCA ACABAR

En mayo de 2015, quien esto firma visitó el Museo de las Colecciones Reales junto a Emilio Tuñón debido a la inminente inauguración del museo y a su evidente importancia: el por qué de la obra es mostrar los grandes tesoros de Patrimonio Nacional o, lo que es lo mismo, de la corona española, que incluyen la colección de armamento antiguo más importante del mundo después de la que exhibe el Museo de Historia Militar de Viena; la más importante de carruajes después de la que muestra el Museo Nacional dos Coches de Lisboa; y la más importante de tapices después de la del Pabellón Imperial de Estambul. La disputa con el museo del Prado por la “propiedad” de cuatro cuadros de El Bosco, Van der Weyden y Tintoretto desató una larga polémica ya cerrada (se quedan en la pinacoteca); ha habido cambio de director en fechas recientes –Leticia Ruiz por José Luis Díez–; y el Covid tampoco ha puesto la alfombra roja para facilitar la “inminente” apertura del museo.

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